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26 de febrero de 2014

Los socialistas descubren que Asturias tiene un problema demográfico

¡Albricias! Tras 30 años gobernando, los socialistas acaban de descubrir que Asturias tiene un problema demográfico. Ahora que su despilfarradora gestión, sus fracasadas políticas y su absoluta inacción ante la crisis les pone frente a la tesitura del final de la fiesta del gasto -generado con ingresos extraordinarios- se sacan de la manga la necesidad de que se financiaen los servicios públicos derivados de los problemas demográficos a los que no han prestado atención en las tres últimas décadas. 

Los socialistas han permanecido ajenos a la modifición de la estructura de edades de la región, mientras navegaban acomodados en la financiación subvencionada que sólo tenían que preocuparse en gastar, sin dar explicaciones ante la ausencia de responsabilidad por haberlo recaudado. ¡Un chollo!, una auténtica bicoca política donde el victimismo era el caldo de cultivo para exaltar las necesidades que era perentorio cubrir y que electoralmente tenía un alto rendimiento. 

El resultado de todo ello es que, tras 30 años exaltando necesidades (la siderurgia, el carbón, las infraestructuras...), resulta que seguimos en la misma posición en el orden de las regiones españolas por renta per cápita que en 1955 o que en 1975. En resumen, este sistema de que se nos financien las necesidades ha supuesto un rotundo fracaso que ha fijado a Asturias en su pobreza relativa frente a las regiones más ricas. Por ello, el invierno demográfico que se nos viene encima, lejos de ser excusa para afianzar un sistema de financiación fracasado, debe provocar que acabemos con la tarta de la financiación autonómica para dar paso a unas Autonomías responsable para una financiación responsable.

 Por lo demás, la política demográfica socialista en nuestra región no ha sido más que gregarias de los mostrencos postulados socialdemócratas: no plantearse nunca la cuestión  y si alguna vez roza su conciencia, se encomienda pseudoreligiosamente al crecimiento económico y el progreso tecnológico para hacernos creer que cuando alcancemos la mitad del siglo seremos tan ricos y tecnológicamente avanzados que podremos permitirnos mantener a un jubilado con lo que produce un trabajador. Baste recordar aquel especial que el periódico El País, en diciembre de 2010, dedicaba a Asturias con el pretencioso título 'Del carbón al ratón', a mayor gloria del Gobierno socialista -publicidad institucionalmendiante-, que de desgañitaba en alabanzas a "la consecución de una década de transformación económica y social" (sic). Las cifras de hoy desmienten aquel ejercicio de autobombo pagado por todos: 364.900 ocupados para 298.700 pensionistas y 104.500 desempleados.

Que no exista en la Historia ningún precedente de crecimiento económico en una sociedad con un capital humano declinante -y eso que nuestros insostenibles de estados de bienestar son recientes- o que en las tres últimas décadas, el crecimiento de la población haya producido entre la mitad y dos tercios de todo el crecimiento económico en los países industrializados, ha sido ignorado conscientemente por quienes nos han gobernado durante las tres últimas décadas en Asturias, que han preferido permanecer entregados a la inercia del paradigma neomalthusiano o, simplemente, a la pereza mental subvencionada por el reparto de la tarta autonómica.

El deterioro económico-demográfico provocado por la baja natalidad ha sido ignorado, y el inevitable retroceso -no ya sólo psicológico, sino real- escondido durante décadas detrás de ingentes cantidades de dinero público que se han dilapidado en crear una economía irreal -subsidiada, de burbuja-, en lugar de ser destinados a que la plena incorporación de la mujer al mercado laboral fuese un revulsivo demográfico -en lugar de un lastre-, a que el hecho de ser padres no padezca la creciente "penalización" económica que sufre o a reconsiderar las políticas anti-inmigración -ante la evidencia de que la inmigración resulta inevitable ante una sociedad que envejece-. En definitiva: ni una sola actuación ni política seria para atajar el crecimiento vegetativo negativo que lleva 30 años lastrando nuestra población y nuestro desarrollo económico.

Y ahora resulta que, no sólo hay que seguir financiando esta incompetencia, sino que encima hay que poderarla para que Asturias perciba aun más financiación. Todo lo contrario: la financiación basada en la poderación de las necesidades autonómicas debe desaparecer pasar a ponderar los compromisos y la responsabilidad de sus gobiernos. Compromisos  y responsabilidad para desarrollar inicitativas desreguladoras y de liberalización de la economía, de reducción del gasto, de reducción selectiva de impuestos -que sean el imán que atraiga población- y sobre todo, de que los responsables públicos dejen de tratar a la paternidad como una opción personal más -a la que sin embargo se castiga a soportar en free riding- y se reoriente la función redistributiva del Estado de Bienestar hacia el fomento de la natalidad.

25 de febrero de 2014

Autonomías responsables para una financiación responsable

La semana pasada escribía en el periódico digital asturias24 un artículo en el que abogaba por acabar con la tarta de la financiación autonómica. En síntesis, apunto en ese artículo el doble error que se comete por parte de las comunidades autónomas al considerar la financiación autonómica como una tarta -que se reparte en función de las necesidades de cada comunidad autónoma: dispersión, envejecimiento...- y no asumir la imposibilidad de mantener un gasto corriente que se generó con ingresos extraordinarios. Critico también en ese artículo que mantenerse en ese error es persistir en los graves errores que la nefasta Ley de Financiación de 2009, al distribuir los fondos de financiación bajo el criterio del concepto de "población ajustada", una definición opaca que esconde un reparto atendiendo a factores políticos, en lugar de hacerlo atendiendo a criterios de austeridad y promoción económica.

El actual sistema de financiación no es más que el último paso en una cadena de despropositos en el vano intento por apaciguar las demandas nacionalistas catalanas. Las demandas se han ido incrementando en proporción exponencial a la asunción de competencias y de la financiación correspondiente. Un proceso único en la descentralización administrativa -iniciado en 1981 con los Acuerdos Autonómicos- que no tiene parangón en Europa y que, sin embargo, nos ha puesto al borde de las advertencias que, poco después de haberse llevado a cabo el proceso autonómico, hizo Adolfo Suárez sobre los riesgos de las pretensiones sobreranistas: la quiebra del espacio económico común y la inseguridad jurídico que ello acarrearía al ciudadano. "Las autonomías que proyectamos serán unas autonomías solidarias -afirmaba Suárez-, de suerte que las comunidades más ricas y más prósperas no puedan desentenderse de los problemas que aquejan a las menos desarrolladas o las más marginadas". 

Tocqueville, en La democracia en América, señala que "a medida que los ciudadanos se hacen más iguales, disminuye la inclinación de cada uno a creer ciegamente en cierto hombre o en determinada clase". Por ello resulta de todo punto incomprensible que se pretenda un nuevo sistema de financiación autonómica para repetir -todos en conjunto- los errores que nos han traído hasta aquí: señalar las desigualdades (dispersión, envejecimiento..) e incidir en ellas, especificar los elementos diferenciadores y actuar sobre las leyes para provocar estatutos jurídicos diferentes. Es decir, que en lugar de buscar la igualación jurídica dentro del propio marco de actuación, pretendemos seguir distribuyendo el falso pasto ideológico de la imposible igualdad material de los ciudadanos -perseguida todos estos años por los nacionalistas- escondido ahora tras la educación, la sanidad y los servicios sociales, cayendo en lo mismo que tanto hemos criticado a los catalanes.

En esta huída hacia ninguna parte, el Gobierno de Asturias -junto a otros gobiernos autonómicos- se ha enrocado en rechazar una financiación autonómica "por debajo" de la actual, aduciendo para ello la diferencia del coste de los servicios en función de -nuevamente- la dispersión y el envejecimiento de la población. Y a renglón seguido, el pasto ideológico: educación, sanidad y servicios sociales están en peligro. Pero aquí están ellos para defenderlos. Desde que se transfirieron a las comunidades autónomas, los gastos en sanidad se han duplicado. Pero un coste, que escandalizaría a cualquiera, se justifica en cuanto se introduce el termino "sanidad", o "educación", o "servicios sociales"; como si no hubiese despilfarro.

Ninguno de ellos, en cambio, quiere asumir que las autonomías, con responsabilidad de gasto y no de ingreso, no funcionan. Pero lo que es aún peor, ninguno quiere asumir la inevitable reestructuración del Estado autonómico y del sistema político que exigen, de acuerdo con todas las encuestas, la gran mayoría de los ciudadanos. El profesor Luis Garicano, en su último libro El dilema de España, apunta la oportunidad de usar las demandas de Cataluña para acometer esa reforma en la que -como apuntaba en mi artículo Acabemos con la tarta de la financiación autonómica- cada Gobierno se responsabilice de sus presupuestos y sus electores para poder juzgarlos con claridad. Y en ese camino sólo la responsabilidad fiscal es la opción viable para erradicar el exceso de gasto -fruto de los ingresos extraordinarios-, eliminando de raíz la dependencia de la subvención estatal, que desincentiva el desarrollo del sector privado y defrauda las aspiraciones de progreso de la región. Una responsabilidad fiscal que promueva la generación de riqueza en lugar de exaltar necesidades, y que ligue la percepción de fondos públicos a la liberalización de la economía regional, la rebaja selectiva de impuestos y la austeridad.


24 de febrero de 2014

Los ciudadanos no son galeotes

Alguien se encarga de vez en cuando de rescatar el argumento de la falta de unidad de los asturianos como elemento coadyuvante que nos impide “triunfar”. Tal como acertadamente destacaba el editorial del periódico La Nueva España ayer domingo “la renovación que necesita la región nunca provendrá de la componenda, ni de las concesiones a la demagogia, ni de la bandería partidista, sino del esfuerzo, la integridad y el sacrificio de los dirigentes”.

El relativismo y la negación de la realidad –postergando el día del juicio- no lleva a ningún consenso sano. Y con ello sólo se consiguen acuerdos vacíos y pobres. Los acuerdos fundamentales y profundos de nuestra vida política democrática están perfectamente asentados, cuando menos, en los procedimientos que deben ser mínimamente cumplidos. Negar esto es tanto como abonarse a los postulados de que la transición española está inconclusa y permanente abierta. Esto hay que desterrarlo por completo, porque es tanto como sostener que nos falta un acuerdo mínimo ciudadano, una “unidad” que, en lo fundamental y básico ya existe y que como sostiene el editorial dominical de La Nueva España exige una “cultura política más ejemplar”.

Ahora bien, destacar ese carácter fundante y constituyente del acuerdo, como base de la vida política, no permite inferir que toda la vida política se reduzca al acuerdo, a la “unidad”. El acuerdo, el pacto, el consenso, la “unidad” es un momento del diálogo, no es ni su estado ideal, ni su conclusión. Es incompatible defender la unidad sistemática y a la vez abanderar la fluidez y el dinamismo de la vida humana. Por ello lo fundamental, lo principal, no es que los interlocutores se pongan de acuerdo en todo –ni en casi todo, ni siquiera en la mayor parte de los temas-, sino que respeten –y tengan permanentemente presente- el acuerdo básico, metapolítico, que hace posible el diálogo, que los convierte en interlocutores, en conciudadanos.

Y es que debemos de dejar de tratar a nuestra sociedad como una galera, donde unos reman y otros dirigen. La grandeza de nuestra sociedad actual estriba es que se mueve gracias a las millones de decisiones que cada uno de sus miembros toman día a día. Y es ahí donde encuentra su equilibrio: en que cada uno busca su propio interés llegan a acuerdos libres con otros, no remando como galeotes al ritmo que marque el cómitre. La demandada “unidad”, como fin en si mismo, es abono para la pereza política que deriva en obviar el esfuerzo de justificar la dirección hacia la que se pretende ir. La insistencia en la “unidad”  distrae la obligación de explicar y justificar que políticas se pretende implementar.

La confrontación es un elemento ineludible de la vida política. Ante una propuesta determinada, ante un proyecto, la masa social fácilmente se dividirá entre partidarios y detractores. Ni los asturianos ni los miembros de ninguna sociedad van a remar todos en la misma dirección. Apelar a esa situación idílica es una absoluta perdida de tiempo. Es más, de producirse sería catastrófico. 


Que ante una propuesta política aparezcan partidarios y detractores –o que haya personas que no saben o no contestan, o los que consideran una tercera o cuarta opción- no debe hacer caer en el error de denostarlo como apoyo argumental para mantener la pertinencia de la división entre izquierda y derecha. Todo lo contrario: desde un punto de vista de reivindicación del espacio político de Centro, este no se construye allanado la diversidad presente, sino más bien a base de ensanchar y expandir el espacio en el que nos hemos movido hasta ahora. Un nuevo espacio para dar más juego a los ciudadanos -que es de lo que se trata- y que obligue a un mayor compromiso para mejorar el futuro de Asturias, más allá de las aspiraciones a ejercer de cómitre de la unidad.

19 de noviembre de 2013

Persistiendo en el error, camino del abismo

Una de las últimas teorías de moda es que a los ciudadanos no les interesa la vida interna de los partidos políticos. Se trata de una afirmación sorprendente en un país donde supuestamente los partidos, conforme recoge el artículo 6 de nuestra Constitución, son  el "instrumento fundamental para la participación política". 


¿Falta de interés o resultado de la ´no política´?. ¿Qué interés puede haber en unas organizaciones sin vida interna o estando esta reducida al momento en que se ocupa un cargo de responsabilidad?. ¿Qué interés puede despertar organizaciones donde los afiliados no son escuchados ni sus derechos respetados?. ¿Qué no respetan ni sus propios estatutos para elegir democráticamente a sus órganos internos, bajo falsas premisas de pacificación y unidad como condición previa coadyuvante de una elección democrática?. 

En su reciente libro 'España, las otras transiciones', Antonio Garrigues Walker al hablar del funcionamiento de los partidos políticos sentencia: sus "mecanismos de actuación prácticos, sus reuniones y cenáculos, constituyen uno de los espectáculos más deplorables de la vida política española [...] En cualquier país una parodia de esta calidad causaría rubor y tristeza, además de comicidad". 

Por su parte Josep Piqué, en su último libro 'Cambio de Era', al reflexionar sobre la necesaria adaptación de nuestros partidos políticos, anclados en un pasado que ya no existe, apunta certeramente dos problemas fundamentales: tenemos un sistema parlamentario en la practica 'viciado' "por el poder de los partidos sobre el poder legislativo y sobre el poder judicial, a través de la supremacía del poder ejecutivo, dominado por un sistema de partidos muy jerarquizados". Un sistema, que a través de su ley electoral refuerza "enormemente el poder de los 'aparatos' de los partidos [...] que rompe el vínculo entre representante y representado y lo sustituye por algo perverso: los representantes se deben a quienes los eligen, que no son los electores, sino las cúpulas de los respectivos partidos". 


¿Falta de interés ciudadano o consecuencias del 'crowding out' que este sistema hace al ciudadano con una vida real, con responsabilidades reales y problemas reales que no puede perder el tiempo en servilismos y clientelismos? ¿Que interés puede suscitar un sistema que, de facto, expulsa de su ámbito las vocaciones genuinas de servicio público?

Se tratará de sostener que, lo hasta aquí relatado, es fruto de mensajes que pretenden arrasar con todo, que intentan hacer creer que los partidos políticos son nidos de intereses particulares o estructuras podridas de poder. Y no sólo eso: se dirá que hay que levantar la voz y alertar sobre el peligro que puede suponer que ese mensaje se instaure en la sociedad. Creo que nadie en España tiene a Garrigues y Piqué por alborotadores partidarios de la política de tierra quemada. Amarrarse al negacionismo de lo que los ciudadanos 'desinteresados' perciben, sufren y les genera desafección, sólo logrará alargar innecesariamente los grandes perjuicios que esta crisis política (unida idefectiblemente a la crisis económica e ideológica que padecemos) está provocando a nuestra democracia.

"Es muy difícil llevar la contraria en España [...] llevar la contraria sin mirar a un lado y a otro antes de abrir la boca [...] llevar la contraria a solas, a cuerpo limpio, diciendo educadamente lo que uno piensa que debe decir, [...] lo que le parece indigno callar, sabiendo que se arriesga [...] al rechazo ofendido de los que le consideran uno de los suyos". Así comienza uno de los capítulos del libro 'Todo lo que era sólido' del reciente Premio Príncipe de Asturias de las Letras, Antonio Muñoz Molina. Esta dificultad es palmaria cuando, desde dentro de un partido político, militantes con nobles intenciones que entienden la política como vocación y no como un oficio, pretende llevar la contraria y proponer reformas, debatir y confrontar ideas. Como dijo el presidente estadounidense Woodrow Wilson "si quieres hacerte enemigos intenta cambiar algo". Demasiados intereses creados, mucha gente peleando por que los cambios no le perjudiquen, mucha comodidad a vivir de la inercia, mucha tendencia a pensar que una carrera política larga depende de saber evitar meterse en líos. 


¿Falta de interés ciudadano o ausencia de utilidad de la militancia política, como expresión de individualidad de criterio y singularidad, que permite crecer y avanzar no sólo a las personas, sino a los partidos y al sistema democrático? Los llamamientos a la participación, a la implicación e incorporación de más gente a los partidos políticos ya no son atendidos por los ciudadanos, que no ven en ello un cauce libre de participación y que, lejos de tener que someterse a unas mínimas normas de funcionamiento, se encuentran con muros infranqueables de la vieja política, de la 'no política', que está absolutamente desconectada de la realidad en la que pretende subsistir. Nunca antes en la historia de la democracia española la desafección con la política ha sido mayor, y nunca, sin embargo, ha sido más necesario que nos impliquemos en la vilipendiada política. 

En días pasados se cumplía un año de la celebración del Congreso Regional de Partido Popular de Asturias. En aquel momento hice una propuesta  que llame "Asturias, sociedad y valores". Proponía entonces un proyecto de rehabilitación ciudadana, de regeneración y renovación e equipos y sistemas de trabajo, de apertura a la sociedad asturiana, de mirada al futuro y ser creíbles desde la posición en la que nos había colocado las urnas. Los dos hitos fundamentales se basaban en establecer un sistema de primarias y la limitación de mandatos a ocho años. 

Lejos de asumir nada de ello, el Partido Popular ha seguido sumido en la obsesión del desquite y la revancha contra Francisco Álvarez-Cascos, tras su espantada de enero de 2011, culpabilizándole de todos los males que sufrimos, haciendo ver que su desaparición es la medicina que necesita nuestro partido para resurgir en Asturias. Resulta curioso que quien rompió la neutralidad política inherente al cargo que ostentaba, para apoyar a quien reclamaba primarias para elegir al candidato del Partido Popular a la Presidencia del Principado de Asturias, sostenga que una reforma electoral, que contiene las primarias obligatorias, le importa un bledo (sic) a los ciudadanos, al mismo tiempo que nos impide a los afiliados de Gijón ejercer nuestro derecho democrático a elegir a los órganos locales del partido, amparando tal decisión en el "debilitamiento del partido en la ciudad". En definitiva, los problemas que se denunciaban cuando se apoyaba a Álvarez-Cascos, no son ahora combatidos desde la Presidencia del Partido.

La respuesta a este errático proceder queda reflejado en la encuesta que este lunes ha publicado el diario La Razón, que vaticina el peor resultado histórico del Partido Popular en Asturias, empeorando el que hasta ahora ostentaba ese dudoso honor, el de 2012. La estrategia de desgastar a Cascos, de recuperar a aquellos que se fueron con él, ha sido un rotundo fracaso, más allá de los testimoniales retornos de los mas íntimos y allegados. Y ello porque las circunstancias por las que esas personas (militantes y votantes) abandonaron el Partido Popular siguen estando presentes. Y ahí están las encuestas que lo avalan. Quienes no quieren ver la realidad (y pretenden seguir viviendo a su costa, por mala que esta sea), achacaran esta pérdida de intención de voto al desgaste del Gobierno de España. Basta recordar los resultados de las Elecciones Generales 2011 y compararlos con los resultados de las Autonómicas 2012. En apenas seis meses, con Rajoy comenzando a gobernar, se quedaron por el camino 114.703 votos (el 51% de los votos emitidos apenas seis meses antes). ¿Influencia del desgaste del Gobierno? Evidentemente no. Los votantes se mueven en las claves que tocan en cada momento y en cada ámbito, y quienes extrapolan datos de una elección a otra, sólo pretenden inducir al engaño para no asumir responsabilidades del continuo debilitamiento del partido a nivel regional.


Y con todo esto, aún se pretende sostener que la vida interna de los partidos políticos no interesa a los ciudadanos. Ya lo creo que interesa, tanto que los desórdenes internos ( fruto del ensimismamiento en el ejercicio de los cargos orgánicos y en las cuitas internas) y la ausencia de proyecto que ello denota, son castigados electoralmente. De nada sirve declararse inserto en un proyecto nacional y sólido, si luego se hace gala de la incapacidad de transponer ese proyecto a nivel regional y local. Y eso, también es castigado electoralmente. Porque la credibilidad necesita el refuerzo de hechos precedentes que la avalen y de ejemplos constantes que la confirmen. Porque, como ha escrito Percival Manglano en su libro 'Pisando charcos', "un político debe sentir constantemente que lo tiene todo por demostrar, que no hay ninguna renta de la que pueda vivir". 

Los ciudadanos están exigiendo una nueva política, con mentes abiertas y mandos abiertos, con nuevos enfoques y miradas horizontales, porque están cansados del argumentario de pega (que despega al gobernante del ciudadano) y de las hipotecas retóricas con las que se visten los mensajes para que resulten creíbles. Los ciudadanos exigen movimiento, para pensar, para cambiar, para explorar la perspectiva de la mejora basada en la cercanía, la transparencia, el afecto y la confianza; liderazgos de largo alcance, políticas de acción y comunicación que reflejen que sus problemas son atendidos. Y en tanto que esto no se les de, seguirán castigando electoralmente a quien les niegue ese camino, y tomaran el camino de quienes si se lo ofrezcan.



2 de noviembre de 2013

El gallinero

El sentimiento de vergüenza es el único posible ante la situación que se sigue manteniendo en el ámbito político de Asturias. Cada nueva noticia es un nuevo acto de esta interminable ópera bufa, ejecutada por actores que, amparados en sus organizaciones política, se guían por su afán revanchista, abrazando a su peor enemigo para poner el solfa sus más ancestrales y caducos prejuicios, con el único objetivo, ahora reforma electoral mediante, de ganar cotas de poder y aliarse con quien más le conviene. Dejaré para otra entrada de este blog entrar en profundidad sobre la reforma electoral propuesta. Lo que sí hay que dejar claro, para que el engaño no enraice, es que reforzar el sistema proporcional solo refuerza un sistema de políticos de partido que obedecen a la disciplina de partido. Refuerza, en definitiva, el sistema partidocrático, en el que algunos dijeron entraban a regenerar, y ahora dentro, pretende reforzar para habitar cómodamente en él. Refuerza, en definitiva, un sistema político jerárquico agotado, que contrasta con las demandas ciudadanas cada vez más extensas y con más formación e información, que dicen basta a que la delegación política se extienda sin que haya rendición de cuentas, y que reniega de adoptar una posición pasiva y resignada.

El resultado, por todos conocido, es la carencia de un liderazgo para administrar nuestro región, que nos priva de unas propuestas consistentes, que pone en evidencia la falta de criterio en cuestiones de fondo y una falta de perspectiva global muy notable, que pretende taparse con discursos basados en el victimismo exculpatorio característico de los acomplejados políticos, que procuran apartar de si cualquier culpa de la situación que vivimos. Entre acusaciones cruzadas de pactos incumplidos, lo único tristemente relevante es que Asturias y sus problemas siguen siendo ignorados.

Tal degradación de la vida política requiere de inmediato el establecimiento de un consenso que, primero, no debe substituir las responsabilidades propias ni la asunción de los errores cometidos y, segundo, no debe convertirse en objetivo único de la acción política. Desgraciadamente quienes fallan, ensimismados en sus cargos orgánicos, exudando personalismo, son los actores políticos de la región, que se niegan a que Asturias sea una sociedad abierta con debate plural. Una Asturias donde una sociedad horizontal, con más cercanía cognitiva, sea el actor determinante para solucionar los problemas de la región, ante el fracaso estrepitoso del actual modelo, que ha degradado el parlamentarismo y el dialogo que deben prevalecer. De nada sirven ahora los llamamientos a los encuentros y las reuniones, que sólo servirán para seguir constatando que no hay acuerdo. De poco sirve esa vía para, a renglón seguido, decirle al ciudadano que es el de en frente el que no quiere ponerse de acuerdo. Ante tan estrepitoso fracaso, el consenso se ha de generar en la propia sociedad, desde la base, como única vía para la regeneración.

Deben volver el discurso y la acción política para desterrar, de una vez por todas, este gallinero lleno de exabruptos, descalificaciones, insultos y de supuestas conspiraciones y contubernios. Debemos apartar de la vida política de nuestra región a todos aquellos que compartan la opinión de que "todo partido que está en una institución persigue el objetivo de ocupar el gobierno".

Un partido político no debe ser una organización volcada sólo en ganar las elecciones, y mucho menos una organización sustentada en la obsesión del desquite. Eso hay que rechazarlo completamente. Si uno se deja llevar por esas obsesiones ya no es capaz de pensar ni actuar libremente. Un partido político debe estar preparado para estar en el gobierno y también para estar en la oposición, y además de ser capaz de hacer oposición, también tiene que tener capacidad para llegar a pactos con el Gobierno. Si no se hace eso, se está creando una organización sin fundamento ni estructura que no puede ofrecer alternativas serias y creíbles. Para ello, un partido político debe ser una organización abierta, plural y dinámica, donde prime el debate abierto sobre la imposición del argumentario; donde el ejercicio libre de la política permita a todos competir abiertamente, desterrando las leyes de hierro que tan bien describió Robert Michels en el ya lejano 1911.

Si la situación actual, por poco que pueda gustar, ha puesto al PSOE en la tesitura de ocupar el Gobierno de Asturias, debe ejercitarla de manera seria y responsable bajo las premisas anteriormente expuestas tratando de darle una perspectiva global a los problemas y con el objetivo de dotar de estabilidad a la institución en la que se está ejerciendo la representación popular. Con igual objetivo, la oposición debe trabajar desde su posición en esa línea, tratando de mejorar las propuestas del gobierno con propuestas propias, complementarias, serias y, en cualquier caso, no destructivas. Pero sobre todo unos y otros, no deben ofrecerse como instrumento, ni ponerse en la situación de ser rehén, de los democristalinos y salvapatrias que pretenden quitar y poner a su antojo, según sea la contraprestación que reciban a cambio. Lo contrario reflejará desorden interno, ideas confusas y falta de proyecto, acrecentando el hartazgo de los asturianos, que contemplan este gallinero a garrotazos goyescos, este barco con una vía de agua con su tripulación en cubierta matándose a palos, mientras los problemas reales de la región siguen siendo ignorados.